miércoles, 2 de septiembre de 2026

Profecía - Carissa Veliz

Profecía, de Carissa Véliz: los nuevos oráculos en la era de la IA

Una sociedad libre no necesita conocer el futuro con precisión, sino ciudadanos capaces de convivir con él sin entregar su libertad a los nuevos oráculos

Ernesto Baltar

3 Ago 2026 -  8min.

En Profecía, la filósofa Carissa Véliz propone una sugerente reflexión sobre la necesidad humana de conocer el futuro y sobre las formas de poder que históricamente han acompañado a la predicción. Desde los oráculos de la Antigüedad hasta los actuales sistemas de inteligencia artificial, la autora sostiene que las predicciones nunca han sido un mero instrumento de conocimiento, sino también un mecanismo para orientar conductas, legitimar decisiones y ejercer control social. La inteligencia artificial aparece así como el último episodio de una larga tradición de «profetas», cuyo prestigio descansa en la promesa de reducir la incertidumbre.

Uno de los principales aciertos del ensayo consiste en desplazar el foco desde la tecnología hacia la condición humana. Véliz recuerda que nuestra capacidad para anticipar el futuro constituye una ventaja evolutiva fundamental, pero también la fuente de una ansiedad que nos vuelve especialmente vulnerables frente a quienes prometen certezas. En este contexto, cuestiona la confianza excesiva depositada en los algoritmos predictivos y advierte del riesgo de convertir simples probabilidades en veredictos capaces de modelar el comportamiento de individuos e instituciones.

La última parte del libro trasciende el análisis tecnológico para convertirse en una reflexión ética sobre cómo vivir en un mundo inevitablemente incierto. Frente a la obsesión contemporánea por eliminar el riesgo, la autora reivindica la verdad, la virtud, la belleza, la creatividad, el humor y el coraje como dimensiones específicamente humanas que escapan a cualquier cálculo algorítmico. Aunque su voluntad divulgativa conduce en ocasiones a formulaciones excesivamente categóricas o a analogías bastante discutibles, más persuasivas que demostrativas, Profecía constituye un ensayo inteligente y estimulante que invita a replantear nuestra relación con la inteligencia artificial y, sobre todo, con la incertidumbre.

Su enseñanza principal es que una sociedad libre no necesita conocer el futuro con absoluta precisión, sino ciudadanos capaces de convivir con él sin entregar su libertad a los nuevos oráculos.

¿Por qué sentimos una necesidad casi irresistible de conocer el futuro? Antes de consultar un algoritmo, los seres humanos acudíamos a Delfos; antes de confiar en modelos matemáticos, preguntábamos a los astrólogos; antes de la inteligencia artificial existieron augures, profetas, adivinos y pitonisas. Cambian los instrumentos, pero no la ansiedad humana por conocer el futuro. Seguimos deseando que alguien nos diga qué ocurrirá mañana.

Esa es la cuestión que articula Profecía, el nuevo ensayo de la filósofa Carissa Véliz, profesora de la Universidad de Oxford. Aunque la inteligencia artificial ocupa un lugar destacado en sus páginas, el verdadero protagonista del libro no es ChatGPT ni Silicon Valley, sino una obsesión mucho más antigua: el deseo humano de anticipar el futuro. Desde esa perspectiva, la IA constituye únicamente el episodio más reciente de una larga historia de oráculos.

La tesis fuerte del libro puede resumirse en una frase: la predicción nunca ha sido solamente una cuestión de conocimiento; siempre ha sido también una cuestión de poder. Quien afirma conocer el futuro adquiere una enorme capacidad para influir sobre las decisiones ajenas.

Véliz desarrolla esta idea mediante una estructura muy bien construida. La primera parte reconstruye una breve historia de las predicciones, desde los oráculos antiguos hasta la matematización moderna de la incertidumbre y la aparición de la inteligencia artificial como «nuevo Oráculo de Delfos». La segunda analiza los peligros de convertir las predicciones en verdades objetivas y estudia cómo los pronósticos pueden terminar funcionando como profecías autocumplidas. Finalmente, la tercera parte abandona el diagnóstico para preguntarse cómo vivir en un mundo inevitablemente incierto, reivindicando la verdad, la virtud, la belleza, la creatividad, el humor y la resiliencia como antídotos frente a la obsesión predictiva. Esa evolución convierte el ensayo, poco a poco, en algo más que un libro sobre tecnología: acaba siendo una reflexión sobre la condición humana.

Uno de sus mayores aciertos consiste precisamente en desplazar la discusión desde las máquinas hacia nosotros mismos. Solemos pensar que el problema reside en los algoritmos. Véliz sostiene algo más incómodo: el problema comienza mucho antes. Somos criaturas extraordinariamente capaces de imaginar el futuro. Esa facultad nos ha permitido sobrevivir durante cientos de miles de años. Anticipar peligros, planificar cosechas o prever consecuencias constituye una de las ventajas evolutivas decisivas de nuestra especie.

Pero esa misma capacidad tiene un reverso. Precisamente porque podemos imaginar el futuro también somos vulnerables al miedo. Nuestra imaginación produce ciencia, arte y civilización, pero también ansiedad. Nos inquieta aquello que todavía no ha sucedido. El futuro es el lugar donde pasaremos el resto de nuestra vida, como dijo Woody Allen, y por eso nunca deja de preocuparnos. Esa necesidad de certidumbre explica el éxito permanente de todos aquellos que aseguran saber lo que ocurrirá mañana, desde los antiguos adivinos hasta las modernas empresas tecnológicas.

Aquí aparece una de las intuiciones más sugerentes del ensayo. Los seres humanos no buscamos predicciones únicamente porque sean útiles; las buscamos porque alivian la incertidumbre. El problema es que esa búsqueda nos vuelve especialmente vulnerables al engaño, al autoengaño y a quienes prometen eliminar el riesgo mediante fórmulas aparentemente infalibles.

Los algoritmos del presente

La autora dirige entonces la mirada hacia nuestro presente. Bancos, aseguradoras, hospitales, plataformas digitales, redes sociales o agencias gubernamentales viven rodeados de modelos predictivos. Casi todas las decisiones relevantes pasan hoy por algún tipo de algoritmo estadístico. De ahí la provocadora analogía que atraviesa el libro: la inteligencia artificial ocupa hoy el lugar simbólico que durante siglos ocuparon los oráculos. Los nuevos sacerdotes ya no hablan en nombre de Apolo, sino de los datos.

La comparación es eficaz porque obliga al lector a mirar la inteligencia artificial desde un ángulo poco habitual. Más que preguntarnos cuánto saben los algoritmos, deberíamos preguntarnos quién obtiene poder gracias a ellos. Porque, recuerda Véliz, una predicción nunca deja de ser una conjetura.

Los modelos de inteligencia artificial trabajan con probabilidades extraídas del pasado; no tienen acceso privilegiado al futuro. Sin embargo, existe una tendencia creciente a convertir esas probabilidades en auténticos veredictos. Cuando un algoritmo estima la probabilidad de reincidencia de un preso, de impago de un cliente o de éxito de un candidato a un empleo, existe el riesgo de tratar esa estimación como si describiera un hecho consumado. Y ahí reside uno de los mayores peligros de la cultura algorítmica.

Las predicciones no solo describen comportamientos; muchas veces contribuyen a producirlos. Clasificar a una persona como «de riesgo» modifica la forma en que las instituciones la tratarán y termina condicionando el propio futuro que pretendía anticiparse. En este sentido, Véliz recupera una vieja intuición sociológica: muchas profecías funcionan porque la sociedad actúa como si ya fueran verdaderas.

El libro resulta especialmente convincente cuando denuncia la retórica casi mesiánica que rodea a la inteligencia artificial. Silicon Valley ha construido durante años un relato según el cual bastaría acumular suficientes datos para resolver cualquier problema humano. Frente a ese optimismo tecnológico, Véliz recuerda algo elemental: disponer de más información no garantiza mejores decisiones. La complejidad del mundo continúa siendo irreductible, y existen dimensiones de la existencia —la libertad, la creatividad o el juicio moral— que difícilmente pueden reducirse a un cálculo probabilístico.

Especial interés tiene también la última parte del libro, probablemente la más filosófica. Tras describir los riesgos de la obsesión predictiva, la autora propone recuperar una serie de ideales —la verdad, la virtud, la belleza— que ninguna inteligencia artificial puede sustituir. La creatividad, el humor o el coraje aparecen aquí no como simples cualidades personales, sino como formas de resistir frente a una cultura empeñada en convertir toda conducta humana en una variable estadística. La mejor respuesta frente a la incertidumbre no consiste en eliminarla, sino en aprender a vivir con ella.

El arte de vivir

Es precisamente ahí donde Profecía deja de ser un ensayo sobre algoritmos para convertirse en un libro sobre el arte de vivir. La libertad exige aceptar que el futuro permanece abierto. Cuanto más aprendemos a convivir con la incertidumbre, menos dependemos de quienes prometen certezas imposibles.

Precisamente porque el libro aspira a llegar a un público amplio, Véliz privilegia la claridad narrativa sobre la precisión conceptual. Esa elección constituye una de sus mayores virtudes divulgativas, pero explica también algunas de sus limitaciones. En diversos pasajes recurre a afirmaciones deliberadamente rotundas, analogías muy sugestivas o formulaciones cuya fuerza retórica supera, en ocasiones, su desarrollo argumentativo. Algunas de sus críticas a la inteligencia artificial, al capitalismo de datos o a las grandes empresas tecnológicas habrían ganado solidez si hubieran sido acompañadas de un mayor número de matices, de un mayor rigor conceptual y de una discusión más detenida de los casos problemáticos.

Existe incluso una pequeña paradoja. Véliz denuncia con acierto el sensacionalismo con el que determinados gurús tecnológicos anuncian un futuro gobernado por inteligencias artificiales casi omnipotentes. Sin embargo, en su afán por desmontar esa retórica, incurre ocasionalmente en un procedimiento parecido: la tentación del titular brillante, de la afirmación categórica y de la imagen impactante. El libro es, sin duda, más reflexivo que la mayoría de los ensayos divulgativos sobre inteligencia artificial, pero a veces también resulta más persuasivo que demostrativo.

Esa observación, con todo, apenas disminuye el valor del conjunto. En un panorama editorial saturado de libros que oscilan entre la fascinación ingenua por la IA y el catastrofismo apocalíptico, Profecía propone una perspectiva mucho más interesante. Nos invita a dejar de preguntarnos únicamente qué pueden hacer los algoritmos para preguntarnos qué revela nuestra dependencia de ellos. Quizá la cuestión decisiva no sea tecnológica, sino antropológica: ¿por qué seguimos necesitando oráculos?

Al terminar el libro uno comprende que la inteligencia artificial no ha inventado nuestra obsesión por conocer el futuro. Simplemente le ha dado un nuevo lenguaje. Antes fueron las pitonisas; hoy son los modelos predictivos. Ayer eran sacerdotes; hoy son ingenieros, consultoras y grandes compañías tecnológicas. Pero la tentación permanece intacta: creer que alguien puede librarnos del riesgo de vivir.

Y esa es, probablemente, la enseñanza más valiosa del ensayo de Carissa Véliz: una sociedad verdaderamente libre no es aquella que consigue predecirlo todo, sino aquella cuyos ciudadanos han aprendido a no entregar su libertad a quienes prometen conocer el mañana.

Ernesto Baltar

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos.





 

lunes, 17 de noviembre de 2025

Teoría de la expectativa-valor de la motivación [Expectancy–value theory of motivation]

 La teoría de la expectativa-valor de la motivación [expectancy–value theory of motivation], parte del modelo desarrollado e investigado por Jacquelynne S. Eccles y Allan Wigfield (2002). En su trabajo revisaron las investigaciones sobre motivación, creencias, valores y metas, centrándose en la psicología del desarrollo y la psicología educativa. Determinaron cuatro núcleos principales: teorías centradas en las expectativas de éxito (teoría de la autoeficacia y teoría del control), teorías centradas en el valor de la tarea (teorías centradas en la motivación intrínseca, la autodeterminación, el flujo, el interés y las metas), teorías que integran expectativas y valores (teoría de la atribución, los modelos de expectativa-valor de Eccles et al., Feather y Heckhausen, y la teoría de la autoestima), y teorías que integran motivación y cognición (teorías sociocognitivas de la autorregulación y la motivación, el trabajo de Winne y Marx, Borkowski et al., Pintrich et al., y teorías de la motivación y la volición). En su trabajo plantearon la discusión sobre cómo integrar las teorías de la autorregulación y los modelos de expectativa-valor de la motivación, para sugerir nuevas líneas para futuras investigación.

Los constructos clave del modelo, son temas como las creencias sobre la propia capacidad, las expectativas de éxito y los componentes del valor subjetivo de la tarea. Estas cuestiones enlazan con constructos relacionados, como la autoeficacia, la motivación intrínseca y extrínseca y el interés. Sin embargo es perciso determinar los procesos que explican (1) el cambio en las creencias sobre la propia capacidad, las expectativas de éxito y el valor subjetivo de la tarea, y (2) la relación entre las creencias sobre la propia capacidad y el valor subjetivo de la tarea en niños y adolescentes y su desempeño y elección de actividades.

La teoría de la expectativa-valor de Eccles (Eccles y Wigfield, 2002 ) como un marco integral para entender los factores que influyen en la ampliación de la participación en la educación STEM y las futuras elecciones profesionales, tal como se resume en el esquema de la figura 1. Un análisis más detallado revela que el problema actual de la subrepresentación de ciertos grupos socioeconómicos puede analizarse mediante la teoría clásica de la motivación de logro. Esta teoría sostiene que la elección de tareas, la persistencia y el desempeño de los individuos en las tareas elegidas se explican por sus creencias sobre su desempeño en la actividad y el valor que le otorgan. Como una de las teorías más destacadas (Kayan-Fadlelmula et al., 2022 ), la teoría de expectativa-valor de Eccles se propuso inicialmente como un modelo de rendimiento y elección en el dominio del rendimiento matemático (Eccles, 1983 ), que ofrece una gran base teórica para que el campo de la educación comprenda las características y el desarrollo de los constructos de expectativa y valor, y cómo se conectan con el rendimiento y las elecciones de los estudiantes a pesar de la educación superior STEM.

Figura 1





Modelo teórico de educación y elección profesional basado en la teoría de la expectativa-valor.

La teoría de la expectativa-valor postula que las decisiones relacionadas con el rendimiento académico —como qué cursos seguir o qué carrera universitaria elegir—, así como las aspiraciones profesionales, están influenciadas principalmente por las habilidades, la competencia percibida (como las expectativas de éxito) y el valor subjetivo asignado a las distintas opciones. Este valor subjetivo de la tarea comprende el valor de interés (cuánto se disfruta de una tarea), el valor de utilidad (cómo una tarea contribuye a los objetivos personales), el valor de logro (cómo una tarea se relaciona con la identidad) y el costo (las repercusiones psicológicas, económicas y sociales esperadas de las diferentes opciones). Cuando las personas creen que pueden tener éxito en materias como matemáticas y ciencias, es más probable que perseveren, empleen estrategias cognitivas más profundas y logren un mayor éxito académico y que se matriculen en un mayor número de cursos. Las investigaciones muestran que las creencias relacionadas con el valor no solo predicen el rendimiento y la participación académica, sino que también influyen notablemente en la configuración de las elecciones y aspiraciones profesionales, especialmente en STEM (Wigfield & Eccles, 2000 ).

En resumen, si bien numerosos estudios han examinado las barreras e intervenciones en la educación STEM, gran parte de este trabajo permanece fragmentado y carece de una perspectiva teórica (Li et al., 2020 ). Aunque síntesis a gran escala como la de Li et al. ( 2022 ) han ofrecido valiosas perspectivas generales de las tendencias empíricas en la educación STEM, pocos estudios han explorado sistemáticamente las barreras específicas, los marcos motivacionales y los resultados de las intervenciones que dan lugar a la baja representación en la educación superior. Esta revisión aborda esta brecha desde la perspectiva de la teoría de la expectativa-valor, destacando la intersección de los factores socioeconómicos, institucionales y psicológicos. Además de identificar las barreras, el estudio ofrece nuevas perspectivas sobre qué funciona, basándose en hallazgos metaanalíticos para identificar factores clave, como modelos a seguir y entornos inclusivos. En conjunto, estas contribuciones proporcionan una base más sólida y fundamentada para diseñar estrategias que amplíen la participación en STEM.

Referencias

Li, Y., Wang, K., Xiao, Y., & Froyd, J. E. (2020). Research and trends in stem education: a systematic review of journal publications. International Journal of STEM Education, 7, 1–16. https://doi.org/10.1186/s40594-020-00207-6

Li, Y., Xiao, Y., Wang, K., Zhang, N., Pang, Y., Wang, R., et al. (2022). A systematic review of high impact empirical studies in stem education. International Journal of STEM Education, 9(1), 72. https://doi.org/10.1186/s40594-022-00389-1

Wigfield, A., & Eccles, J. S. (2000). Expectancy-value theory of achievement motivation. Contemporary Educational Psychology, 25(1), 68–81. https://doi.org/10.1006/ceps.1999.1015



 

jueves, 6 de marzo de 2025

La nueva norma de universidades da más facilidades a las privadas

La nueva normativa se entromete en la gerencia de los centros, lo que indigna a los rectores, y no establece ninguna exigencia ni objetivo en lo relativo a la investigación

El País (Madrid)6 Mar 2025

ELISA SILIÓ

El Gobierno de Isabel Díaz Ayuso pretende allanar el camino a la implantación de más universidades privadas en la Comunidad de Madrid —ya hay 13, además de 24 centros adscritos y cinco campus que dan títulos extranjeros— a través de un artículo de la Ley de Enseñanzas Superiores, Universidades y Ciencia, la primera de estas características en la región. EL PAÍS ha accedido a parte de su anteproyecto: “Cualquier universidad española, pública o privada, radicada en otra comunidad autónoma podrá solicitar la adscripción de un centro ubicado en la Comunidad de Madrid en los términos definidos por la normativa nacional y la presente ley, en cuyo caso se requerirá la autorización del consejero competente”. Ya está procediendo así la Universidad Católica de Murcia, propiedad de los Kikos (Camino Neocatecumenal), que se está estableciendo en Torrejón de Ardoz por esta vía, que evita la votación en el Parlamento regional, pero la norma le da carta blanca de manera explícita. Su “objeto exclusivo” es “la impartición de enseñanza superior y, en su caso, llevar a cabo actividades de investigación”. Es decir, estos centros adscritos no están obligados a comportarse como una universidad, que está forzada a hacer ciencia.

Existe una supuesta intención de controlar el número de plazas a través de un mapa de titulaciones, pero no hay concreción sobre si podría denegarse su apertura por ese motivo. Actualmente se puede estudiar Psicología en 14 universidades de la Comunidad de Madrid, Odontología en seis, Veterinaria en tres y Criminología en ocho, pese a que los colegios profesionales alertan de la precariedad del empleo. En muchas carreras, como Medicina o Ciencias del Deporte, ya hay más alumnos inscritos en primero en una privada que en una pública.

El consejero de Educación de la Comunidad de Madrid, Emilio Viciana, durante un encuentro informal con la prensa el pasado julio para hablar del proyecto, comentó que se iban a regular “por primera vez” las universidades privadas. “Se echaba en falta, para garantizar la calidad y la exigencia, desde el punto de vista de infraestructuras, docentes, investigación”, aseguró entonces. Pero los requisitos son muy laxos. Por ejemplo, dice que todas las universidades, con independencia de su titularidad, deberán “disponer de recursos adecuados” y que tienen que aportar información sobre su previsión de alumnos o gastos y una auditoría de su viabilidad económica. Ni una palabra de su obligación de investigar y transferir conocimiento, sin duda el talón de Aquiles de las privadas. La ley madrileña dista mucho de la que prepara el Gobierno de Castilla-La Mancha, que se encuentra en consulta pública, y que fuerza a demostrar la calidad de la iniciativa y a invertir en investigación. “No queremos convertirnos en una máquina de expedir títulos, ni en el satélite de las universidades privadas de Madrid”, aseguró José Antonio Castro, director general de Universidades de Castilla-La Mancha a este periódico.

La norma madrileña dicta que deberán “recabarse informes” del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y otros órganos para crear una universidad, pero no obliga a que estos sean favorables. Desde 2020, la Fundación para el Conocimiento Madri+d, ligada al Gobierno autonómico, encarga informes a una comisión de expertos, pero luego obvia sus conclusiones negativas.

El anteproyecto sí establece que los promotores de una universidad presenten una garantía financiera de al menos cuatro millones de euros. Ahora reina la anarquía. La norma fuerza a que las nuevas privadas dispongan de “un plan de becas y ayudas al estudio que, al menos en alguna de sus modalidades, tenga en cuenta criterios socioeconómicos en su concesión”. No concreta cuántas.

Actualmente, las privadas madrileñas para el grado de Medicina sí que ofertan becas, pero solo tienen en cuenta el expediente, no la renta familiar.

Respecto a las universidades a distancia que pudiesen implantarse, el texto obliga a que la mitad de sus investigadores y personal de administración resida en territorio nacional. El artículo da una idea de la nula intención de la Administración regional de que en estos centros online se haga ciencia. Aunque se crea la Agencia de Calidad, Evaluación y Titulaciones de las Enseñanzas Superiores, solo va a evaluar al personal investigador de la pública. El de la privada va a seguir yendo por libre.

Puentes con la FP

La ley madrileña pretende que la universidad establezca puentes estrechos con la FP y las enseñanzas artísticas, de forma que sus centros puedan estar vinculados a una universidad y se reconozcan sin problema los créditos cursados en los otros estudios, así como la movilidad de los profesores. Estos artículos favorecen mucho a los empresarios que están apostando fuertemente por este negocio. El curso pasado había en Madrid más alumnos de FP Superior en centros privados y concertados (50.000) que en los públicos (46.319).

Respecto a las prácticas de los alumnos, se crea un distrito único. En las curriculares de FP de la rama sanitaria los hospitales y ambulatorios públicos tendrán que garantizar las plazas para todos los centros sostenidos con fondos públicos, es decir incluir también a los concertados. La escasez de puestos ha echado a las calles a los estudiantes de la pública. Mientras que, en los grados universitarios, tendrán preferencia los de la pública y, si sobran plazas, se ofrecerán a otros campus.

La Comunidad de Madrid pretende participar en la elección del gerente a través del presidente del Consejo Social; ahora este es elegido por el rector y solo participa formalmente el presidente. En muchas ocasiones, si la batalla de las elecciones no ha sido cruenta, el nuevo rector deja al frente de la gerencia al del mandato anterior. El presidente del consejo es designado directamente por el Gobierno regional y no suele desviarse de sus políticas. Francisco Marhuenda, profesor de la Rey Juan Carlos y director de La Razón, es el presidente del consejo de la Carlos III y Joaquín Leguina lo ha sido durante 22 años en Alcalá de Henares —en contra de los estatutos— y le acaba de sustituir el exconsejero del PP Carlos Mayor Oreja.

Asimismo, la ley afirma que, escuchado el rector, el Consejo Social de la universidad —el puente entre la sociedad y la academia— nombrará y cesará al interventor, que supervisará y controlará la economía interna. Los rectores piensan, sin embargo,

El Gobierno regional nombra al presidente del consejo, siempre afín a sus políticas

El texto anima a las públicas a “constituir fondos de inversión” para lograr recursos que su función debería limitarse a casos en los que se “detectasen problemas en sus presupuestos”.

Esta aparente politización de la universidad escandaliza a los rectores de las seis universidades públicas de Madrid, quienes el pasado julio, cuando conocieron las primeras pinceladas de la ley, emitieron un comunicado durísimo en el que afirmaban que estas propuestas pueden “afectar directamente a la autonomía universitaria y a la organización de las universidades, generando situaciones inciertas y con carácter que puede considerarse invasivo sobre la autonomía universitaria”.

En el capítulo de la financiación, la madre de todas las batallas en Madrid —la comunidad en España que peor financia por alumno (6.000 euros), puesto que con lo que reciben los rectorados no se cubren las nóminas— la ley divide el gasto, como ya se preveía, en tres apartados: básica (personal, gastos corrientes e inversiones), necesidades específicas (infraestructuras y equipamientos) y por objetivos. Esta división, si se aumenta la cuantía, convence a los rectores, que el martes se reunieron con Viciana y desde ahora lo harán periódicamente.

La principal mejora es que la financiación por objetivos es un contrato programa para cinco años, como el que está implantado en casi todas las comunidades, y ello permite prever gastos y hacer planes a medio plazo.

La comunidad enumera “mejores usos académicos” para que los tengan en cuenta las universidades a la hora de presentar su propuesta de contrato: porcentaje de endogamia (doctores que han leído la tesis en la universidad en la que trabajan), coordinación para que los estudiantes puedan cursar asignaturas en otras universidades madrileñas, inserción laboral contrastada de sus graduados o fomentar una selectividad como la que existe en Cataluña para quienes quieran ser maestros. El artículo 90 anima, además, a las universidades públicas a “constituir fondos de inversión u otros mecanismos financieros destinados a la obtención de recursos para el despliegue de sus actividades”.

Los rectores tendrán que ser catedráticos, como hasta ahora, aunque la Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU, 2023) permite que lo sean profesores titulares con acreditados méritos científicos y de gestión. En cuanto a las figuras laborales, la polémica se adscribe al profesor ayudante doctor. El candidato tiene que haberse desvinculado de la universidad convocante al menos durante dos años, a no ser que se haya doctorado en otro centro. “Puede resultar contrario a derecho” y “aboca a dejar desiertos la mayoría de los concursos”, alertaron los rectores en julio. Además, la ley contempla “complementos retributivos individuales” no consolidables, para incentivar mejores resultados en docencia, investigación y gestión.

Elisa Silió (2025). La nueva norma de universidades da más facilidades a las privadas. El País (Madrid) (06.03.2025) p. 1.

martes, 21 de mayo de 2024

El auge de las carreras para salvar vidas sin estudiar Medicina

 "Apenas 1 de cada 13 solicitantes de la carrera de Medicina logró la plaza en el curso 2022/2023 en una universidad pública y aunque este año el Gobierno ha aumentado algo más de un 10% las plazas (ha financiado 706 puestos extra para cubrir las vacantes venideras de doctores), lo cierto es que miles de personas se quedan fuera. Y optar por las universidades privadas no está al alcance de cualquier bolsillo: cada año de los seis que duran los estudios pueden costar hasta 21.000 euros. Pero los campus (que desde 2010 pueden crear sus propios títulos fuera de un catálogo fijado por la Administración) no paran de inaugurar nuevos grados para profesionales que trabajan codo con codo con los doctores y que pueden resultar atractivos a aspirantes a Medicina que no han logrado entrar. Aunque, ojo, estas titulaciones suelen requerir una nota de corte elevada y la guerra por la milésima está servida.

La competencia en el acceso a Medicina siempre ha sido altísima, pero la pandemia puso de manifiesto la importancia de los servicios sanitarios y la demanda ha subido desde entonces un 76%. Otras carreras de asistencia sanitaria (enfermeras, psicólogos o fisioterapeutas) también tienen muchos interesados y se abre ahora la vía de la pura investigación.

Alfonso Mendoza, doctor en Microbiología, señala que la salud es “un tema cada vez más complejo, como casi todo en este mundo”. Destaca que de la parte más asistencial se encarga , sobre todo, la medicina pero que también “hay muchos componentes que permiten tener nuevos tratamientos y diagnósticos”. Y apunta: “Lo vimos bastante claro con la pandemia. Las soluciones vinieron de la investigación biomédica, que es la que acaba desarrollando una vacuna y unos tratamientos que desarrollan diagnósticos. La investigación crea las herramientas necesarias para la asistencia”. Estos instrumentos clave para el sistema sanitario engloban muchas nuevas carreras ofertadas por el sistema español: Bioinformática, Ciencias Biomédicas, Bioingenierías, Genética, Bioquímica, Biotecnología o Neurociencia.

La Universidad Carlos III pretendía comenzar en septiembre dos grados en Getafe (Madrid), Neurociencia y Ciencias Biomédicas, pero un retraso en las obras la ha llevado a apostar solo por el primero. “Ni en España ni en la Europa continental hay uno igual. La Universidad de Maastricht [Países Bajos] tiene uno [llamado] Neurociencias, pero cuando entras en el programa no tiene mucho que ver”, explica Mendoza, coordinador del grado. “En Estados Unidos, Canadá y Australia hay mucha tradición”, continúa.

Su facultad ha decidido hacer un “grado interdisciplinar” que aúne las tres formas anglosajonas de abordar la neurociencia (la biología alrededor del funcionamiento del sistema nervioso, el comportamiento y el aprendizaje, y el desarrollo de modelos matemáticos que ayuden a entender mejor cómo funciona el cerebro) con la idea de que los estudiantes se especialicen luego con el máster. Ofertarán entre 35 y 40 plazas y la docencia será en inglés. Al tratarse del primer año, no hay una nota de acceso orientativa. Lo que sí han detectado es interés entre los bachilleres.

El campo de las Ciencias Biomédicas está más explorado. El cirujano Luis Capitán, decano de Medicina y presidente de la Asociación de decanos y decanas de Biomedicina, Ciencias Biomédicas y afines de España, cuenta: “Cabíamos en un taxi cuando creamos la asociación en 2018 y ahora necesitamos más que un microbús. Dos facultades acaban de solicitar el ingreso”. Ya son 17.

“La carrera combina los conocimientos de la medicina y la biología, con la idea de que los alumnos al final de la carrera puedan aplicar avances en biología celular y molecular al área médica. Es verdad que, a veces, la ciencia básica caminaba por otro sitio y no llegaba a la clínica”, reconoce Capitán, que subraya la buena empleabilidad de sus graduados. Entre el 70% y el 73% trabaja a los dos años de terminar, afirma. Suelen hacer el máster.

En 2009 la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid) creó el grado de Biología Sanitaria desgajando en dos el de Biología y su decisión fue muy bien acogida por los estudiantes. La nueva titulación se situó entonces como la tercera con la nota de acceso más alta de la Universidad y hoy está en segunda posición, detrás de Medicina, cuenta Daniel Martín Vega, profesor de zoología y coordinador de la carrera. Fueron pioneros y ahora no tendrían inconveniente en cambiar su nombre por el de Ciencias Biomédicas, aunque por el momento mantienen el suyo. Sus titulados pueden optar, como los biomédicos, bioquímicos y biotecnólogos, al BIR (como el MIR, pero para biólogos) para trabajar en organismos públicos, pero hay también trabajo para ellos en laboratorios biomédicos o clínicos o en clínicas de fertilidad.

La faceta tecnológica

La medicina no solo se vincula cada vez más a la ciencia sino a la tecnología y surgen grados como el de Bioingeniería o Ingeniería Biomédica. “Es una especie de fusión de biología e ingeniería [eléctrica y de comunicaciones]. Puedo poner un ejemplo. Cada vez tenemos una población más envejecida, es más normal que alguien lleve una prótesis, las de titanio son muy caras y es una responsabilidad. Los médicos eran antes los que decidían si una prótesis estaba bien hecha o no y ahora cada vez más se acude a los ingenieros, porque al final una prótesis es una pieza de un binario. El ingeniero puede hacer el diseño y comprobar, sobre todo comprobar, que la pieza final se ajusta al diseño inicial”, resume Mendoza, adscrito al departamento de Bioingeniería de la Carlos III. Estos alumnos reciben mucha formación en tratamiento computacional de la información, además de unos sólidos fundamentos en biología y medicina para trabajar con válvulas, diseño de software y algoritmos de aplicaciones bioinformáticas, imágenes de rayos X o resonancias.

En esa línea va la carrera de Bioinformática, que en septiembre se ofertará al menos en 10 universidades, entre ellas las cuatro públicas de Barcelona que comparten la titulación. En la CEU San Pablo de Madrid se ofrecerá sola o en un doble grado con Genética. No tienen un tope de alumnos, pero creen que en el primer año se apuntarán unos 15. “En las noticias se habla de estudios experimentales, pero nunca de los autores de los análisis informáticos que permiten extraer conclusiones”, explica Osvaldo Graña, director del grado en Bioinformática y Datos Masivos. “La medicina personalizada o de precisión no se entiende sin la bioinformática”, sostiene.

Por ejemplo, si un paciente no responde a un tratamiento de forma satisfactoria, puede hacerse un estudio genético que quizás encuentre una mutación que explique lo que está pasando o el análisis puede prevenir enfermedades cambiando hábitos. Graña es biólogo e ingeniero técnico informático, hasta ocho años de formación que no le parecen necesarios. En cuatro años, cree que los estudiantes serán capaces de responder a los interrogantes. También los graduados en esta nueva rama de otras titulaciones.

Algunos de los nuevos títulos son Génetica, Bioinformática o Ingenería Biomédica"


Elisa Silió. El auge de las carreras para salvar vidas sin estudiar Medicina. El País (1ª Edición), 21.05.2024, p. 32. 

lunes, 23 de octubre de 2023

La verdad de las mentiras - Mario Vargas Llosa

«¿Qué diferencia hay, entonces, entre una ficción y un reportaje periodístico o un libro de historia? ¿No están compuestos ellos de palabras? ¿No encarcelan acaso en el tiempo artificial del relato ese torrente sin riberas, el tiempo real? La respuesta es: se trata de sistemas opuestos de aproximación a lo real. En tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus siervos. La noción de verdad o mentira funciona de manera distinta en cada caso. Para el periodismo o la historia la verdad depende del cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira. A más cercanía, más verdad, y, a más distancia, más mentira. Decir que la Historia de la Revolución Francesa, de Michelet, o la Historia de la Conquista del Perú, de Prescott, son «novelescas» es vejarlas, insinuar que carecen de seriedad. En cambio, documentar los errores históricos de La guerra y la paz sobre las guerras napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque «decir la verdad» para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y «mentir» ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética sui generis, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos. Arte «enajenante», es de constitución antibrechtiana: sin «ilusión» no hay novela.”

De lo que llevo dicho, parecería desprenderse que la ficción es una fabulación gratuita, una prestidigitación sin trascendencia. Todo lo contrario: por delirante que sea, hunde sus raíces en la experiencia humana, de la que se nutre y a la que alimenta. Un tema recurrente en la historia de la ficción es: el riesgo que entraña tomar lo que dicen las novelas al pie de la letra, creer que la vida es como ellas la describen. Los libros de caballerías queman el seso a Alonso Quijano y lo lanzan por los caminos a alancear molinos de viento y la tragedia de Emma Bovary no ocurriría si el personaje de Flaubert no intentara parecerse a las heroínas de las novelitas románticas que lee. Por creer que la realidad es como pretenden las ficciones, Alonso Quijano y Emma sufren terribles quebrantos. ¿Los condenamos por ello? No, sus historias nos conmueven y nos admiran: su empeño imposible de vivir la ficción nos parece personificar una actitud idealista que honra a la especie. Porque querer ser distinto de lo que se es ha sido la aspiración humana por excelencia. De ella resultó lo mejor y lo peor que registra la historia. De ella han nacido también las ficciones.

Cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras. Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil. Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos y las fantasías que le exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones.

En el corazón de todas ellas llamea una protesta. Quien las fabuló lo hizo porque no pudo vivirlas y quien las lee (y las cree en la lectura) encuentra en sus fantasmas las caras y aventuras que necesitaba para aumentar su vida. Ésa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones: las mentiras que somos, las que nos consuelan y desagravian de nuestras nostalgias y frustraciones. ¿Qué confianza podemos prestar, pues, al testimonio de las novelas sobre la sociedad que las produjo? ¿Eran esos hombres así? Lo eran, en el sentido de que así querían ser, de que así se veían amar, sufrir y gozar. Esas mentiras no documentan sus vidas sino los demonios que las soliviantaron, los sueños en que se embriagaban para que la vida que vivían fuera más llevadera. Una época no está poblada únicamente de seres de carne y hueso; también, de los fantasmas en que estos seres se mudan para romper las barreras que los limitan y los frustran. 

Las mentiras de las novelas no son nunca gratuitas: llenan las insuficiencias de la vida. Por eso, cuando la vida parece plena y absoluta y, gracias a una fe que todo lo justifica y absorbe, los hombres se conforman con su destino, las novelas no suelen cumplir servicio alguno. Las culturas religiosas producen poesía, teatro, rara vez grandes novelas. La ficción es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna crisis, donde hace falta creer en algo, donde la visión unitaria, confiada y absoluta ha sido sustituida por una visión resquebrajada y una incertidumbre creciente sobre el mundo en que se vive y el trasmundo. Además de amoralidad, en las entrañas de las novelas anida cierto escepticismo. Cuando la cultura religiosa entra en crisis, la vida parece escurrirse de los esquemas, dogmas, preceptos que la sujetaban y se vuelve caos: ése es el momento privilegiado para la ficción. Sus órdenes artificiales proporcionan refugio, seguridad, y en ellos se despliegan, libremente, aquellos “apetitos y temores que la vida real incita y no alcanza a saciar o conjurar. La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos. Lo que quiere decir que, a la vez que aplacan transitoriamente la insatisfacción humana, las ficciones también la azuzan, espoleando los deseos y la imaginación.

  Los inquisidores españoles entendieron el peligro. Vivir las vidas que uno no vive es fuente de ansiedad, un desajuste con la existencia que puede tornarse rebeldía, actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible, por ello, que los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida, desconfíen de las ficciones y las sometan a censuras. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad.»

La verdad de las mentiras

Mario Vargas Llosa

[Fragmento]


domingo, 15 de octubre de 2023

Los profesores que llegan al límite de dejar la profesión

“Ya está: abandono la docencia”. Así anunciaba Esther Villardón, de 35 años, que deja la profesión de maestra después de una década dando clase de inglés en una carta escrita a este diario. Cuando hace siete años aterrizó en un instituto público, se encontró con una falta de apoyo de la dirección ante situaciones de acoso. “Una alumna amenazó a una profesora con que le iba a rajar las ruedas del coche, pero el centro le quitó hierro y lo justificó diciendo que lo hacía por llamar la atención”, explica. Entonces Villardón era tutora de un grupo de alumnos con necesidades especiales. Eran unos veinte en el aula y “cada uno tenía un problema bastante serio”. “Pedí ayuda, pero en dirección estaban tan saturados que me las tuve que apañar yo sola, incluso con padres gritándome por teléfono”, abunda. Para rematarlo, tenía un par de alumnos que llegaron sin conocer la lengua y que estaban en clase “mirando sin entender nada”. “Esos alumnos están condenados al ostracismo y a mí me frustraba un montón”, remata. La docente admite haberse “quemado” y deci- dió abandonar.

El caso de esta profesora madrileña refleja una tendencia de desgaste y colapso entre los docentes que está provocando bajas por ansiedad, dimisiones de directores o incluso abandono de la profesión. La carga de responsabilidad, la pérdida de respeto, los cambios legislativos o la dificultad de gestionar la diversidad en las aulas son algunos de los factores que explican este malestar.

Algunos estudios han empezado a poner cifras a esta problemática. El 40% de los docentes reconoce haber sufrido ansiedad, depresión o agotamiento físico y mental, según el informe El profesorado en España 2023, impulsado por Educo. El estudio, realizado a partir de encuestas a 600 profesores, también recoge una importante caída en la vocación: si en 2007 el 93% se mostraba ilusionado de su profesión, a pesar de los problemas, en 2023 la cifra se hunde casi a la mitad (48%).

En la cifra del 40% de docentes que admiten sufrir ansiedad también coincide el Barómetro Internacional de la Salud y del Bienestar del Personal de la Educación, publicado esta semana. Se trata de un informe internacional coordinado por la Red Educación y Solidaridad, realizado en 11 países de diferentes continentes, y que en España ha contado con 3.000 entrevistas realizadas entre febrero y junio de este año. El Barómetro revela que el 25% de encuestados ha sido víctima —y el 44%, testigo— de un episodio de violencia (sea física, moral o de ciberacoso). Asimismo, el 65% de docentes españoles considera su trabajo “bastante” o “muy estresante”, y el 84% cree que su profesión no se valora en la sociedad. Con todo, la satisfacción con la profesión es alta y casi el 75%, si pudiera elegir, volvería a ser docente.

Pérdida de prestigio

“Tengo muchos compañeros que dejarían la profesión, pero no lo hacen por motivos económicos o porque no encuentran alternativa”, asegura Margalida Llompart, profesora de Matemáticas, que, tras 23 años de carrera, ha tirado la toalla, al menos temporalmente. “Me gusta dar clases, pero lo he dejado porque estoy quemada y los centros cada vez están peor”, resume esta docente mallorquina, que tras las primeras semanas del curso actual decidió abandonar. Su descontento con el sistema empezó hace unos seis o siete años. “Veía que los alumnos llegaban cada vez con un nivel más bajo y tienes que hacer más trabajo con ellos y con las familias para que se esfuercen y valoren las Matemáticas”, lamenta. “Pero es muy difícil, llegan con pocos hábitos de aprendizaje”, dice. Llompart considera que las nuevas metodologías de enseñanza implantadas por la Lomloe “no ayudan”.

El inicio de este curso no fue bueno para esta docente. Llompart asegura que se sintió “frustrada” e incluso tuvo un ataque de ansiedad. Al final, le salió la oportunidad de ocupar un puesto en la Administración y dejó la docencia hace una semana. “Lo he dejado por ética profesional y por coherencia personal, porque no puedo enseñar a los alumnos para que lleguen al nivel que se necesita. Si hubiera continuado hubiera acabado de baja por ansiedad”, remata.

Esa es la situación en la que se encuentra Manel. Con 21 años de experiencia como profesor de Música en infantil y primaria, le afectó ver que su materia “es poco valorada, porque se asocia a fiestas y postureo”, así como el bajo nivel de los alumnos. “Hace 10 años entré en un colegio y me empecé a dar cuenta de que los niños no entendían lo que les explicaba, había muchas dificultades lectoras y de comprensión, tuve que hacer materiales especiales para ellos”, lamenta. “Me siento impotente”, remacha.

Ángel Guirado, psicólogo especialista en educación y presidente del Colegio de Psicólogos de Girona, apunta a que el malestar docente se debe a un cúmulo de factores, empezando por la naturaleza de esa profesión. “La educación es una de las profesiones más inciertas porque enseñas y educas, pero los resultados se verán de aquí a 10 o 15 años”. Tampoco ayudan los cambios constantes de legislación “especialmente por personas que no han pisado las aulas y lo hacen por temas políticos, eso no da estabilidad ni confianza a los profesores”, añade.

Uno de los motivos clave es la pérdida de prestigio de la figura del profesor. “Antes se criticaba a los docentes porque tenían muchas vacaciones. Ahora se critica todo, desde los criterios de evaluación a los métodos pedagógicos. Hay la sensación de que la escuela es criticable”, tercia Guirado. En la misma línea insiste Joan Cumeras, miembro de la Junta Central de directores de Cataluña. “Hace años, la palabra del profesor tenía credibilidad, pero ahora todo se pone en duda. Y como hay una sobreprotección de los hijos, se cree antes lo que explican los niños que al profesor. Antes todos teníamos un profesor que nos marcó en la escuela, pero ahora encontrar esto es más difícil porque se ha perdido este respeto. Además, las noticias que aparecen sobre educación son negativas, así que se degrada la imagen social”. Cumeras añade que esta pérdida de prestigio ha abierto la veda a que se produzcan agresiones verbales, pero también físicas de alumnos hacia profesores.

También genera angustia entre los docentes el hecho de sentirse impotentes a la hora de gestionar la diversidad de las aulas y el creciente número de trastornos que presentan los alumnos. “La diversidad ha aumentado a una velocidad superior a la capacidad de adaptación del sistema y de los profesores. ¿Y cómo gestionas estas situaciones nuevas con los mismos recursos de hace 10 años?”, cuestiona el psicólogo.

A esto se añade que a los docentes, y a la escuela, se les apunta como responsables de muchos conflictos sociales. “Tenemos que solucionarlo todo, cuando en muchos casos los padres hacen dejadez de funciones y piensan que la escuela ya les enseñará hábitos de comida, de comportamiento…”, comenta Cumeras. “Se habla mucho del malestar de los alumnos, pero no nos podemos olvidar de los docentes”, reclama.

El País15 Oct 2023

IVANNA VALLESPÍN / PAU ALEMANY / FRANCISCO UBILLA


miércoles, 11 de octubre de 2023

Nobel de Economía 2023 Claudia Goldin

La profesora de la Universidad de Harvard se convierte en la tercera mujer en obtener el galardón del Banco de Suecia

La Academia sueca de las Ciencias concedió ayer el premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel 2022, conocido como Nobel de Economía, a la estadounidense Claudia Goldin, profesora de la Universidad de Harvard (Massachusetts). El galardón, que la convierte en la tercera mujer en obtenerlo en 55 ediciones —y la primera en lograrlo en solitario—, reconoce sus estudios sobre la infrarrepresentación femenina y los menores salarios de las trabajadoras.

“Pese a la modernización, el crecimiento económico y el aumento de la proporción de mujeres empleadas en el siglo XX, durante un largo período de tiempo la brecha salarial entre mujeres y hombres apenas se cerró”, subraya la academia. “Y ella ha proporcionado el primer relato completo de los ingresos de las mujeres y la participación en el mercado laboral a lo largo de los siglos”.

Goldin (Nueva York, 1946), precursora en el análisis de la brecha de género, es licenciada en Economía por la Universidad de Cornell, doctora por la Universidad de Chicago, y en su dilatada carrera docente e investigadora ha pasado por Wisconsin, Princeton, Pensilvania y, desde 1990, Harvard. Además, forma parte de la prestigiosa Oficina Nacional de Investigación Económica desde hace más de tres décadas.

“Es un premio muy importante, no solo para mí, sino para muchas personas que trabajan en este tema [la brecha de ingresos entre hombres y mujeres] y que intentan comprender por qué persisten grandes desigualdades”, afirmó horas después, en conversación telefónica con AFP. Pese a reconocer “evoluciones importantes”, dijo, “sigue habiendo grandes desigualdades”. Ella misma es una precursora: fue la primera mujer en lograr un puesto fijo en los departamentos de Economía de Harvard y de Pensilvania, ambas de la muy prestigiosa Ivy League estadounidense.

La investigadora llevaba varias ediciones en las quinielas para obtener el premio. En 2019 ganó el Fronteras del Conocimiento BBVA “por sus innovadoras contribuciones al análisis histórico del papel de la mujer en la economía

“Sigue habiendo grandes desigualdades”, defiende la docente

El problema, explica, radica en gran parte en los mecanismos de promoción y por su análisis de las razones de la brecha de género”.

“El presentismo del hombre ha empeorado la brecha salarial con la mujer”, apuntaba entonces en una entrevista con EL PAÍS. “Desde los ochenta, durante más de 30 años, las mujeres no lo han hecho mal gracias a la mejora de su educación, en la que incluso superan al sexo masculino. Sin embargo, ha aumentado el número de hombres que echan más horas, que están todo el tiempo disponibles para la empresa. Y eso ha provocado que se haya quedado estancada la brecha y no se aprecie una mejora”.

Goldin también niega que el origen de la brecha de género fuese únicamente la discriminación: “Hay algo más”, deslizaba en aquella entrevista. Esta lacra, según sus investigaciones, creció de manera sustancial con el crecimiento de los trabajos administrativos y de servicios, un nicho del mercado laboral en el que los jefes tienden a valorar de sobremanera a los empleados que más tiempo están en su puesto de trabajo y no necesariamente a los más productivos. “Los hombres están desproporcionadamente disponibles para hacer largas jornadas en el trabajo, mientras que las mujeres están desproporcionadamente disponibles para dedicarse a tareas del hogar”.

La profesora es defensora de que los permisos de paternidad y maternidad sean iguales. Y de que los padres las tomen exactamente igual que sus parejas femeninas. “Se espera y se asume que las mujeres deben disfrutar una baja de maternidad, pero no se espera lo mismo de los hombres. Es necesario que esta actitud cambie para que deje de pensarse que el hombre que disfruta de una baja por paternidad no es un buen trabajador”, decía Goldin en 2019.

En 1990, la hoy Nobel publicó Understanding the Gender Gap– An Economic History of American Women (Entendiendo la brecha de género, una historia económica de las mujeres estadounidenses), una obra icónica en la que ponía en tela de juicio buena parte de las explicaciones que se habían dado a la brecha salarial. El origen, concluía, radica en gran medida en los mecanismos de promoción, con políticas institucionales y empresariales de gestión del personal que han contribuido a perpetuarla.

“Aunque el libro se ocupa de analizar un país, EE UU, sus resultados son aplicables a otros países”, decía al recibir el Fronteras del Conocimiento. “Los factores cruciales que han reducido las diferencias de género tienen que ver con lo que está ocurriendo en el entorno de los individuos, más que con los propios individuos. Sobre todo, se debe a cambios educativos que dan a las mujeres el empoderamiento necesario para desarrollar sus carreras profesionales”. Como cada año, con esta distinción —dotada con 11 millones de coronas suecas (950.000 euros)— se cierra la ronda de los premios Nobel. Se entregarán en una doble ceremonia que se celebrará el 10 de diciembre en Oslo (premio Nobel de la Paz) y en Estocolmo (los demás).

Los nombres femeninos son excepción entre los galardonados del Nobel de Economía. De los 93 ganadores, solo tres son mujeres: la estadounidense Elinor Ostrom (en 2009), la francesa Esther Duflo (en 2019) y, ahora, Goldin.

El País10 Oct 2023I. F.

martes, 26 de septiembre de 2023

IA Amazon

Amazon apuesta por la IA al invertir 4.000 millones en Anthropic

La empresa tendrá una participación minoritaria en la firma del ‘chatbot’ Claude

El País 26 Sep 2023M. J.,

Andy Jassy, en un acto de The New York Times en noviembre de 2022.

Amazon redobla su apuesta por la inteligencia artificial (IA) generativa. La compañía fundada por Jeff Bezos y dirigida por Andy Jassy anunció ayer una alianza estratégica con la start-up —empresa digital emergente— Anthropic en su carrera contra Microsoft, Google y otros gigantes por la nueva tecnología. Amazon invertirá hasta 4.000 millones de dólares (cerca de 3.800 millones de euros) en Anthropic y tendrá una participación minoritaria en la compañía, anunció el grupo a través de un comunicado. Como parte del acuerdo, la firma de IA usará microprocesadores y la capacidad de computación en la nube de Amazon.

Anthropic es una empresa centrada en la inteligencia artificial con sede en San Francisco (EE UU). Fue fundada en 2021 por los hermanos Daniela y Dario Amodei, antiguos miembros de OpenAI, la empresa que desarrolló ChatGPT y que se alió con Microsoft. Los hermanos Amodei fueron algunos de los que abandonaron OpenAI por sus diferencias con los acuerdos con Microsoft y con la dirección de la empresa. Uno de los principales inversores iniciales en Anthropic fue Alameda Research, la firma paralela de Sam Bankman-Fried, acusado de diversos delitos por la caída del mercado de criptomonedas FTX. Google Cloud, competidor de Amazon, también tomó una participación minoritaria en la compañía y sigue siendo su accionista.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Futuro de la Educación en España – Salamanca 8-9 de Noviembre, 2021

 

¿Qué deberíamos enseñar y aprender en el siglo XXI? ¿Hay que elegir entre igualdad de oportunidades y la excelencia? ¿Puede España conquistar la vanguardia educativa antes de 2050? ¿Se puede alcanzar un pacto educativo de largo plazo? 

Programa: https://www.espana2050.com/educacion

Enlaces:

1) https://www.youtube.com/watch?v=2C4MtzlNY6Y

2) https://www.youtube.com/watch?v=LHxhhJ6Mtvo

3) https://www.youtube.com/watch?v=GxGVmMpm13Y

martes, 9 de noviembre de 2021

España 2050 - Educación y juventud - Resumen Ejecutivo

El segundo capítulo examina el desafío de la educación de la población más joven. A pesar  de que ha mejorado mucho, nuestro sistema educativo aún presenta un rendimiento menor que  el de la mayoría de países de nuestro entorno. Esto se aprecia, entre otras cosas, en nuestras  elevadas tasas de repetición y abandono escolar, y en nuestros resultados de aprendizaje, todavía  inferiores a los de la media de la UE-27 y la OCDE. Sin reformas de calado, estas carencias  seguirán lastrando la prosperidad del país y la vida de nuestra población. De aquí a 2050, 3,4  millones de estudiantes podrían repetir curso, 2,2 millones podrían abandonar prematuramente  la escuela, y España podría verse superada en aprendizaje y calidad educativa por países como  Portugal, Hungría o Letonia.

Para evitar este escenario, España deberá llevar a cabo reformas profundas en su sistema  educativo, aprovechando las ventajas que ofrecerán tanto la digitalización como el cambio  demográfico. Tendremos que transformar la carrera docente, modernizar el currículum, ampliar  la autonomía de nuestros centros educativos, crear un sistema de evaluación eficaz, reforzar los  mecanismos de apoyo a los colectivos más desfavorecidos, y potenciar la educación de 0 a 3  años. El objetivo debe ser conquistar la vanguardia educativa europea antes de mediados de siglo

El tercer capítulo aborda el desafío de la formación y recualificación de la fuerza trabajadora. En  las últimas cuatro décadas, España ha incrementado enormemente su proporción de habitantes  con un título terciario (universidad o FP superior) hasta converger con los países de la UE-8. Sin  embargo, sigue teniendo una proporción de personas sin formación “profesionalizante” (ESO o  inferior) excesivamente elevada (el 48% de nuestra población activa), algo que está condicionando  la productividad, el empleo, y el bienestar de todo el país. Además, nuestra población adulta    presenta un dominio de competencias básicas considerablemente inferior al de sus homólogos  europeos. Tanto es así que, en España, las personas con titulación terciaria (Universidad y FP  superior) tienen un nivel de comprensión lectora y de habilidad matemática más bajo que el de  los graduados en Bachillerato de los Países Bajos.

En el futuro, a medida que la economía del conocimiento avance, la tecnología vaya transformando  nuestro tejido productivo, la población activa disminuya, y la competencia global aumente, las  carencias mencionadas se volverán más onerosas para el país, y el hecho de contar con una fuerza  trabajadora bien formada y actualizada cobrará aún mayor trascendencia. Para no quedarse  atrás en este escenario emergente, España tendrá que reducir la población que solo cuenta  con la ESO (pasando del 40% actual al 15%), aumentar considerablemente la proporción de  personas que obtienen un título de universidad o FP superior, y poner en marcha un sistema  integral de recualificación que le permita actualizar las competencias de al menos un millón de  trabajadores (empleados y desempleados) cada año. Solo así podremos cosechar las ganancias  de productividad que necesitamos, implementar con éxito la transición ecológica, y garantizar la  sostenibilidad de nuestro estado de bienestar en el largo plazo

El mismo posibilismo debería impregnar nuestra aproximación a los desafíos de capital humano.  Para equipararse a la UE-8, España deberá hacer dos cosas: mejorar sus niveles de aprendizaje  (por ejemplo, con un aumento de 20 puntos en las pruebas estandarizadas de PISA) y aumentar  la proporción de población entre 25 y 34 años que obtiene una educación superior a la ESO  en 23 puntos porcentuales. ¿Puede hacerse? Pensamos que sí. Por dos motivos. Primero,  porque nuestro país ya cosechó unos avances en aprendizaje y cobertura similares en el pasado  reciente. Segundo, porque las transformaciones demográficas y tecnológicas que ya se están  produciendo servirán de viento de cola para lograrlo. 

De aquí a 2050, España tendrá casi un  millón de estudiantes menos de entre 3 y 24 años. Esto permitirá a nuestro país duplicar su gasto por  alumno hasta equipararlo con el que ya tiene, por ejemplo, Dinamarca sin incurrir en un  incremento significativo de su gasto público. Esta inyección de recursos, unida a la generalización  de tecnologías como el big data, nos ayudará a combatir con mayor eficacia fenómenos como  el abandono o la segregación escolar, descubrir y aprovechar mejor el potencial de la población  joven, y cosechar las ganancias de cobertura y aprendizaje que necesitamos para situarnos en la  vanguardia europea de la educación.  En lo que se refiere a la formación de la población trabajadora, lo cierto es que nuestro país ya  cuenta con las instituciones, las infraestructuras y los recursos humanos necesarios para articular  ese sistema integral de recualificación que necesita, y que lo que hace falta ahora es acometer  una serie de cambios normativos y culturales paulatinos que, en cierto modo, ya están en marcha.  Si España supo crear casi 2 millones de plazas formativas en FP superior y universidad entre  1980 y 2020, bien podrá crear un millón de puestos para programas formativos mucho más  breves de aquí a 2050, sobre todo si se vale de las tecnologías digitales y los formatos híbridos  de enseñanza. 


Distopiland

Arranquemos con cifras. The Guardian informó el 17 de septiembre de 2019 de que Los testamentos (Atwood, 2019) había vendido en cinco días más de cien mil copias en Estados Unidos. Traducida a cincuenta y cuatro idiomas, la trilogía Los juegos del hambre (Collins, 2008) lleva vendidos más de cien millones de ejemplares, sin contar los de la precuela, Balada de pájaros cantores y serpientes (Collins, 2020). La versión cinematográfica del primer volumen de la saga recaudó la nada despreciable cantidad de setecientos millones de dólares. Cuantías similares engalanan las novelas Divergente (Roth, 2011) y, algo por debajo, El corredor del laberinto (Dashner, 2009). Tras la llegada a la presidencia de Donald Trump, 1984 (Orwell, 1949) batió récord de ventas. La tónica se reproduce dentro del ámbito televisivo. La serie El cuento de la criada ganó ocho galardones de los premios Emmy en 2017, edición en la que Westworld contaba con hasta veintidós nominaciones, mientras que Black Mirror lideró el rating de audiencia de las plataformas de streaming durante seis semanas de 2018. Al año siguiente, Years and years arrasó en todo el mundo.

Los marcadores ilustran que a lo largo del siglo XXI la distopía ha dejado de ser una rama de la ciencia ficción atiborrada de títulos minoritarios y agraciada con éxitos dispersos. Se ha convertido en una moda de masas altamente rentable que suministra a los fans multitud de bestsellers, blockbusters y merchandising. Entre los consumidores más recalcitrantes de la marca distopía destacan, con permiso de los boomers de clase media, los millennials, lanzados a la adquisición fogosa de mañanas fallidos, duplicados al infinito a raíz del pelotazo comercial de Los juegos del hambre. No hay duda, visto lo visto, de que vivimos rodeados de distopías “que enganchan como un opiáceo de Purdue Pharma Inc. o una cuenta de Facebook”. Entretanto, la utopía aparece como un artículo prehistórico y soporífero, procedente de eras remotas. Sin que nadie lo lamente, se disipa.

La adicción del gran público a las historias distópicas apenas alumbra la superficie de la distopofilia que nos embarga. A poco que hurguemos, descubriremos algo que se antoja menos efímero que la moda en curso: la distopización de la cultura contemporánea. Arrastrados por las cadencias prevalentes, percibimos e interpretamos la realidad distópicamente, persuadidos de sufrir manipulaciones recónditas y de morar en las entrañas de un declive civilizatorio continuo. Siendo esto así, se entiende que en 2019 Emmanuel Macron ordenara al Ministerio de los Ejércitos alistar a escritores de ciencia ficción con el objeto de adelantarse a la aparición de entornos disruptivos. En vez de contratar a esa valiosa gente para discurrir futuros deseables y tácticas para realizarlos, Macron prefirió, extenuado por la ansiedad anticipatoria, prepararse ante males hipotéticos. Actuó igual que los miembros de las élites que destinan sumas multimillonarias a la construcción de refugios privados donde guarecerse cuando las calamidades estallen. E igual, esa es otra, que la sociedad in toto: a expensas del miedo, disparador distópico por antonomasia.

Desagradable y necesario, el miedo es el “constituyente básico de la subjetividad actual” y “el más siniestro de los múltiples demonios que anidan en las sociedades abiertas de nuestra época”. El cambio climático, el auge de la extrema derecha, el agotamiento de los recursos, el aumento de la desigualdad, el terrorismo islamista, el poder de las corporaciones y la precarización laboral lo han aupado a la categoría de turbación omnipresente e indisoluble, cualidades que transfiere a las sensaciones de inseguridad y vulnerabilidad que lo escoltan. Claro está, o debería estarlo, que el quid de la cuestión no radica en el miedo en sí mismo, una emoción humana normal. Radica en la ubicuidad suprema que ha adquirido, recíproca a su desmedida instrumentalización política. Si el miedo siempre sirvió a las órdenes de las ingenierías de control, hoy ese papel se redobla apelando a los más heterogéneos peligros. Entre los miedos que se publicitan hay unos cuantos que responden a amenazas objetivas. El resto son ideológicos e inducidos. Unos sienten miedo ante la destrucción del planeta, otros ante la llegada de inmigrantes, la pérdida del empleo, la degeneración de las costumbres, los alimentos transgénicos, el avance del feminismo, los gobiernos retrógrados o la ocupación de viviendas. El día a día revolotea alrededor del miedo.

Los atentados a las Torres Gemelas en 2001 y la bancarrota financiera de 2008 amplificaron la incidencia social y los usos políticos del miedo. El pavor despertado por el futuro desde hacía bastantes décadas se ensanchó con desmesura. La deriva milenarista y fin de siècle exhibida a las puertas del 2000 fue el anticipo de lo que iba a llegar: una época de desencanto y malestar en la que el futuro pierde su aureola y degenera en un territorio hostil, poblado con las peores pesadillas y presagios, atravesado por el sentir de que nuestras fechorías, vicios y egoísmos van a ser castigados. Dos décadas más tarde, testamos un ambiente todavía más desilusionado, subyugado por la “fascinación por el apocalipsis” y por la impresión de vivir tiempos de prórroga, ubicados después del después, en la antesala de la condena terminal, del mañana donde el orbe colapsará de sopetón. Nótese, cabría puntualizar, cómo las alocuciones integristas de la fijación apocalíptica en curso difieren de la tradicional. Los apocalipsis antiguos incluían la expectativa mesiánica de que tras el correctivo impartido por la Gran Hecatombe surgiría la regeneración en un universo purificado de las maldades pretéritas. Esperanza y miedo se sustentaban recíprocamente. En cambio, el apocalipsis presente carece de gratificación posterior al castigo. Pronuncia los versos del puro final. Sus murmullos suenan como quejidos infecundos en los bulevares de Distopiland.

Preliminares de la moda distópica actual

El filósofo estadounidense Fredric Jameson afirma que el vínculo establecido entre la marcada disminución de nuevas utopías y el aumento exagerado de todo tipo de distopías concebibles viene despuntando durante las últimas décadas. Dicha relación, me permito corregir, se remonta más atrás en el tiempo. Si bien es incontestable que la mitomanía distópica tiene en los atentados de 2001 y en la crisis de 2008 sus interruptores, no menos verdad es que remacha tendencias previas, alimentadas por los miedos que florecieron en los siglos XIX y XX. El desencanto ante las promesas ilustradas y la industrialización dieron pie a los ataques, ideológicamente dispares, de los románticos decimonónicos contra la Zivilisation, nomenclatura que designaba a la sociedad mecanicista, urbana, cientificista e individualista que estaba sustituyendo a la Kultur orgánica, rural, espiritual y comunitaria. A ojos de numerosos intelectuales del momento, la llegada de la Zivilisation condenaba a los hombres a una existencia superficial, degradada e impersonal, y a Occidente a cruzar “un proceso de deterioro, agotamiento y colapso inevitable”. La costumbre de tachar a las sociedades occidentales de decadentes y enfermas tuvo en las facciones antimodernas y/o victorianas del XIX su fuente, igual que la distopía misma, que germinó entonces.

La Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión ensancharon el influjo del pesimismo cultural y facilitaron que las incipientes distopías ganaran adeptos y reputación. Para los eruditos despechados de la década de 1930, “la Primera Guerra Mundial, el ascenso del fascismo, la degeneración del comunismo soviético en estalinismo y el fracaso del capitalismo occidental […] eran comentarios burlones lanzados contra las esperanzas utópicas”. Su estado de ánimo era firmemente distópico.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, y con los totalitarismos, las bombas atómicas, los genocidios, el Gulag y la violencia de Estado ocupando el primer plano de la discusión, ya era la distopía la que acaparaba el estrellato, no la utopía, cuyas presencias editoriales descendieron hasta mínimos históricos, sin rozar nunca la resonancia obtenida por Edward Bellamy, Étienne Cabet o H. G. Wells. Estas dinámicas no cambiarían en adelante, ni siquiera en el lapso 1974-1976, cuando el feminismo, el ecologismo y la contracultura espolearon la escritura de Los desposeídos (Le Guin, 1974), Ecotopía (Callenbach, 1975), El hombre hembra (Russ, 1975) y Mujer al borde del tiempo (Piercy, 1976), utopías cruciales para la renovación del género. Su importancia no puede hacernos perder de vista que las distopías ganaron cuantitativa y cualitativamente por goleada en idénticas fechas, mientras el lozano capitalismo tardío comandaba, auxiliado por las incipientes tecnologías informáticas, el salto de los mercados nacionales al mercado global, de la economía industrial a la economía financiera, de la socialdemocracia al neoliberalismo, canjes que fraguaron el tránsito de la modernidad a la posmodernidad.


Solía haber individuos que desfilaban con carteles en que se proclamaba: “¡El fin del mundo está próximo!”. Ahora han sido reemplazados por una legión de personas serias

Distopiland cuenta con tanteos prematuros. El sociólogo Fred Polak notificó en 1953 que Occidente estaba asistiendo a la “decadencia de las imágenes utópicas del futuro, reflejo de la fe perdida en la fuerza humana y la libre autodeterminación”. Coincidiendo con el inicio de la crisis del petróleo y la publicación de Los límites del crecimiento por parte del Club de Roma, John Maddox, director de la revista Nature, auscultó los primeros indicios de la distopofilia. Corría el año 1972. Los riesgos que catapultaban el miedo en la sociedad de la época eran la superpoblación, el DDT, la ingeniería genética, la energía atómica y el agotamiento de los alimentos, amenazas rentabilizadas por la ciencia ficción catastrofista y los ensayos superventas de Paul R. Ehrlich y Barry Commoner, científicos de divulgación propensos al alarmismo sensacionalista. Con ellos en mente, Maddox decretó:


Los profetas del desastre se han multiplicado notablemente en los últimos años. Solía haber individuos que desfilaban por las calles de la ciudad con carteles en que se proclamaba: “¡El fin del mundo está próximo!”. Ahora han sido reemplazados por una legión de personas serias, de científicos, filósofos y políticos, que proclaman que hay calamidades más sutiles esperándonos a la vuelta de la esquina.


La distopización de los imaginarios tampoco pasó desapercibida a los estudiosos de la ciencia ficción. Kingsley Amis publicó New Maps of Hell (1960), compilación de ensayos que vinculaba la supremacía distópica a la consternación desatada por la Segunda Guerra Mundial y los regímenes de Hitler y Stalin. Dos años después, Chad Walsh informaba en From Utopia to Nightmare de que “el lector que busque utopías actuales, probablemente las encontrará torpes y poco convincentes. Pero si quiere pesadillas presentadas por expertos, puede elegir entre una variedad de horrores mayor que la descrita por Dante”. Premisas análogas decoraron The Future as Nightmare (1967), de Mark Hillegas, y Science Fiction and the New Dark Age (1976), de Harold Berger. Entre ambos, apareció Historia de la ciencia ficción (1971), del escritor Sam Lundway, donde leemos:


Muchos escritores de ciencia ficción son unos misántropos incurables. Esto podría ser resultado de una inclinación insólitamente pesimista o de una gran perspicacia, pero lo cierto es que pocos escritores modernos de SF hallan razones para contemplar el futuro con gran esperanza […]. El futuro resultará ser exactamente como nuestra propia época […], solo que peor. Y luego reflejan un infierno sobre la Tierra.


La cimentación de Distopiland recibió el espaldarazo definitivo el nueve de noviembre de 1989, día en que se produjo la caída del Muro de Berlín. La utopía sufrió una bofetada brutal, pues el lance parecía ratificar que los sueños de perfeccionamiento y emancipación habían fracasado donde más duele, en la práctica. El acontecimiento aglutinó simbólicamente el tropel de fracasos vividos por los movimientos revolucionarios en el pasado, fracasos que, reunidos de golpe, se manifestaron intolerables, humillantes, imposibles de procesar. Nada quedaba ahí de la dignidad y la aureola desprendidas de los reveses previos (Comuna de París, guerra civil española, Mayo del 68, Gobierno de Pinochet), capaces de dispensar orgullo e incitar el afán de revancha. En esta ocasión, la derrota era categórica. Los escombros taponaron el horizonte utópico socialista que había conferido esperanza a millones de personas. Esperanza, a decir verdad, que llegaba menguada a causa de la larga secuencia de desengaños estrenada con la naturaleza totalitaria de la Unión Soviética y prorrogada por la represión de la Primavera de Praga, las matanzas de la Revolución Cultural y el genocidio de Camboya. Quienes en otros lapsos confiaron en transformar el mundo enfermaron de estrés postraumático y sobrevivieron atormentados por el duelo y la culpa. Resentidos y desmoralizados, cooperaron en la desutopización de la conciencia política consolidada aquella jornada, como una venganza tardía por las ilusiones esgrimidas en la juventud.

La literatura distópica en América (1)

En una ciudad del futuro, que quizás es Montevideo o quizás no, las clínicas están colapsadas, las personas no salen de casa sin mascarilla, los ciudadanos más pobres se han encerrado en sus apartamentos y los más ricos han escapado a hogares de lujo fuera de la ciudad. Todo eso se asimila al 2020, pero no lo es. Las algas del río de esta ciudad costera se han tornado color rojo vivo, los peces han muerto o mutado, todos los pájaros se han ido. La comida fresca escasea y a la mayoría solo les quedan restos de carne procesada para sobrevivir. El contacto del aire exterior con la piel es lo que buscan evitar a toda costa: el viento es rojo y puede despellejar los cuerpos, dejando en carne viva a las personas. “En la tele decían que la contaminación se había extendido, pero no informaban a dónde,” dice desde su cuarentena la narradora de Mugre Rosa (Literatura Random House), una nueva novela distópica de la escritora uruguaya Fernanda Trías. “Era noviembre del año pasado, digo, y la epidemia no daba señales de mejorar.”

La literatura de ciencia-ficción latinoamericana, que durante décadas estuvo eclipsada por el boom del realismo mágico, ha ganado en los últimos años un espacio más digno entre varios autores y editoriales que hasta hace poco estaban solo dedicados al realismo, o que consideraban la ciencia-ficción como algo solo para jóvenes. “Al menos en los últimos cinco años hemos puesto mayor empeño en promover el catálogo de ciencia-ficción”, asegura a Babelia Eloísa Nava, editora de Random House, que, al igual que sus colegas, ha recibido en ese tiempo más manuscritos de lo usual con elementos de ciencia-ficción. Los editores, explica Nava, también han sido también cada año más receptivos a publicarlos. “¿Por qué? Es una mera intuición, pero el éxito que las series en HBO, Netflix, Amazon, etc., de ciencia-ficción y fantasía han tenido entre el público atrajo la atención de los editores hacia esas temáticas muchas veces denostadas”.

La novela de Fernanda Trías es solo un ejemplo entre varios libros distópicos preocupados por el futuro del planeta y que han salido en el último año en editoriales como Random, Alfaguara, Periférica, Planeta o Almadía: está Tejer la oscuridad (Literatura Random House), la última novela del mexicano Emiliano Monge, que imagina un mundo en 2033 en el que ya no tendremos capa de ozono y el hirviente calor duplicará a los seres humanos en dos; está también Sinfín (Literatura Random House), del argentino Martín Caparrós, en el que gran parte de los seres humanos en 2070 ya habrán alcanzado la inmortalidad; y está Aún el agua (Seix Barral), del colombiano Juan Álvarez, que avanza hacia 2232 y donde el agua escasea en buena parte de la tierra y un grupo de mujeres jóvenes debe cruzar una cortina tóxica para restablecer el ciclo hidrológico entre dos sectores del planeta que están divididos.

“En algún punto la humanidad va a tener que plantearse la gran masacre de las otras especies”, explicó Fernanda Trías a una estación de radio en Uruguay cuando se publicó su libro en su país (Random House lo publicará en el 2021 en el resto del continente y en España). Trías, al igual que Monge o Álvarez, escribieron sus novelas antes de que el coronavirus transformará nuestra vida diaria. Más que estar preocupados por la pandemia o el desarrollo de la tecnología punta –como lo hacían los clásicos de la ciencia-ficción anglosajona, desde el Frankenstein de Mary Shelley a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick–, en estas nuevas novelas lo que hay es una profunda preocupación por la degradación del medio ambiente. “No existe tal cosa como la imaginación privada en la literatura. Es comunal”, explica Emiliano Monge sobre la razón por la que varios escritores como él están explorando con la ciencia ficción. “Son muchas imaginaciones llegando a lo mismo por intuición, porque compartimos este planeta, compartimos angustias”.

“La ciencia-ficción será el nuevo realismo”, dijo hace dos años el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, pensando en el género literario y cómo la distopía y la actualidad cada día se acercan más. “Nos puede ayudar a narrar los cambios individuales y sociales que están ocurriendo gracias al impacto de los nuevos medios y tecnologías”. Paz Soldán, gran lector y escritor de ciencia-ficción, ha experimentado con este género antes que sus contemporáneos, combinando lo distópico con las ecotragedias: su celebrada novela Iris (Alfaguara, 2014) también se preocupaba por la destrucción del medio ambiente, pero más específicamente por la explotación minera en América Latina, pintando un mundo posapocalíptico en guerra.


El ascenso del new weird


“Quizás antes había una mirada más condescendiente hacia la ciencia-ficción,” dice Paz Soldán, que al igual que otros escritores y editores consultados, considera que la nueva ciencia-ficción latinoamericana se diferencia de la tradicional anglosajona por ser más flexible y combinar distintos registros, como el terror o lo gótico. “En general, en Latinoamérica los géneros nunca han sido muy cerrados como en otros lugares, hay mucha flexibilidad y no hay tanto escritor de género”, explica Soldán. “EE UU tiene un mundo editorial mucho más segmentado, tienes submundos enteros dedicados a la ciencia-ficción.”

El mexicano Alberto Chimal es otro de los autores con una larga trayectoria -cinco novelas y más de 20 selecciones de cuentos- dedicada a la literatura fantástica y de ciencia-ficción. También coincide en que efectivamente se puede hablar de unos rasgos característicos del género en Latinoamérica: “Nuestra especulación está más cerca del cambio social o político que del tecnológico. A la vez, nuestras proyecciones de mundos futuros son más amplias y no están tan prototípicamente influidas y condicionadas por el norte occidental”. Como ejemplo del chovinismo distópico estadounidense, pone una escena de la película Independence Day. “Todos los ejércitos del mundo están preparados para responder al ataque alienígena. Pero todos esperan la señal de los Estados Unidos. Sin embargo, hay muchas obras recientes donde el norte global no aparece para nada, como El Gusano, de Luis Carlos Barragán, donde todo sucede en Colombia; o en los cuentos mexicanos de Andrea Chapela”.

Asibles, perfiladores y otras máquinas del ingenio (Almadía) es el título de la selección de cuentos de Chapela, donde abunda la chatarra high-tech del futuro incrustada en el cuerpo humano y una Ciudad de México que ha vuelto a convertirse en un lago tras un diluvio que nunca termina. “Algo está sucediendo en Latinoamérica. Se está escribiendo más ciencia-ficción como una manera de hacer literarias las metáforas de nuestro día a día. Nos estamos apropiando del género después de ser muy reactivos a las tendencias anglosajonas. El ciberpunk, por ejemplo, llegó a aquí en los noventa, una década más tarde”, sostiene la autora mexicana.

“En Latinoamérica, la ciencia-ficción ha derivado en otro tipo de mezclas, o en otro tipo de hibridez con otros géneros”, dice en la misma línea Rodrigo Bastidas, director colombiano de la Editorial Vestigio, que trabaja con nuevos autores de ciencia-ficción. Uno de ellos es El Gusano, de Luis Carlos Barragán, en el que las personas prefieren no tocarse porque sus cuerpos y sus conciencias pueden fusionarse. “Es una idea política en relación con el aumento de ideas de ultraderecha, xenofóbicas y homofóbicas”, explicó Barragán en una entrevista reciente. “Si la gente se puede fusionar, si la gente puede tener partes de las personas que odia, no se puede odiar más a los otros”.

Esta mezcla de géneros de la que habla Bastidas, que puede catalogarse como new weird, combina la ciencia-ficción clásica con el bizarro o el terror, y sobre todo con un interés más amplio por la ciencia. “El new weird en América Latina está proponiendo, a diferencia de la ciencia-ficción clásica, no atarse de manera tan fuerte a las ciencias duras como la biología, la química, las matemáticas,” dice Bastidas, “sino que está preocupándose mucho más por las ciencias humanas como la antropología, la sociología o la política”.

En el planeta seco del mexicano Emiliano Monge, por ejemplo, hay una búsqueda de los personajes de la lingüística quechua hecha con quipus; en el mundo gobernado por ciborgs de Ygdrasil (Plaza & Janés), del chileno Jorge Baradit, hay un retorno a la sabiduría indígena de chamanes Mapuches; en Habana Underguater, del cubano Erick J. Mota, las deidades yorubas exploran las redes del ciberespacio; en los cuentos de Nuestro mundo muerto, de la boliviana Liliana Colanzi, hay ruinas incas donde “algunas noches bajan naves espaciales” o una cholita a quien, tras comerse unos cactus en el desierto, “se le desvela la fecha en la que el planeta y el universo serán destruidos por una tremenda explosión”.

“¿Por qué no decir que los chamanes son científicos?”, plantea Bastidas. “Hay una epistemología científica que siempre se ha tenido en cuenta para la ciencia-ficción, que es la epistemología occidental: ciencias, matemáticas, etc. Las ciencias duras. Pero ahorita hay una revaluación de otro tipo de epistemología, como las epistemologías de los pueblos originarios, otras formas de entender el mundo, que son otras formas de ciencia no-occidentales, como formas de ciencia otras, como lenguajes científicos.”

El rescate de los olvidados

El escritor Paz Soldán ha percibido también cómo en Latinoamérica, si bien hay más interés en la ciencia-ficción, no ha sido en dirección de crear “óperas espaciales” como la serie Star Trek, donde imaginan viajes interplanetarios. En ese sentido hay un tipo de relación muy distinta con la tecnología desde que se empezó a hacer ciencia-ficción. “En Latinoamérica somos un continente donde la ciencia no la creamos sino que la recibimos, como si fuéramos espectadores pasivos”, dice Paz Soldán. “Se trata también de ver cómo representamos la ciencia, no verlo desde punto de vista sociológico, sino cómo trabaja en nuestra conciencia, en nuestra subjetividad”.

Anterior al realismo, o incluso al realismo mágico del siglo XX, pocas editoriales trabajan únicamente con ciencia-ficción. Excepciones fueron Minotauro, en México, creada por el escritor Francisco Porrúa en 1955, que tradujo Crónicas marcianas de Bradbury y luego otros trabajos por Ursula K. LeGuin o Philip K. Dick. Aunque ya desde finales del XIX autores latinoamericanos comenzaron a fijarse en el canon fijado por Edgar Allan Poe o los decadentistas franceses y sus intentos de construir entornos artificiales, pocos de los pioneros que intentaron imitar la ciencia-ficción anglosajona alcanzaron el reconocimiento que lograron otros más cercanos a la literatura fantástica.

Uno de esos pocos autores conocidos en el género a principios del siglo XX fue el argentino Leopoldo Lugones, que escribió varios cuentos de ciencia-ficción. “He descubierto la potencia mecánica del sonido”, revela uno de sus personajes en un cuento de 1906 que construye un extraño aparato para convertir la música en material. Clemente Palma, el hijo del escritor peruano Ricardo Palma, escribió la novela XYZ en 1934, en la que la ciencia logra crear clones de personajes del cine. Incluso esos clásicos rechazados de principios del siglo, en algunas editoriales independientes, han tenido más atención en los últimos años.

“Se nos ha agotado varias veces”, cuenta Felipe González, director de la editorial colombiana Laguna Libros, sobre la reedición de Barranquilla 2132, un libro escrito en 1932 en el que un doctor despierta en la ciudad de Barranquilla después de 200 años de hibernación voluntaria. El médico llega a explorar un mundo en el que los carros han sido reemplazados por las avionetas, las mujeres se visten igual que los hombres (una sorpresa desagradable para el narrador de 1932) y “las máquinas habían terminado por desalojar a los obreros”. El libro fue un fracaso rotundo cuando salió en los treinta, pero en la última década a Barranquilla 2132 le fue mucho mejor: se imprimió ya tres veces, un gran logro para una pequeña editorial como Laguna.

González, al igual que otros editores, considera que la ciencia-ficción se había entendido antes solo como “literatura juvenil” –como los libros de Harry Potter, que más que ciencia-ficción son fantasía– y empieza poco a poco a entenderse como literatura para adultos. Pero admite que ahora que hay más interés por lo bizarro, lo gótico o lo distópico, cada vez le parece más difícil llamarlo solo ciencia-ficción. “Todos los autores que hemos publicado, sobre todo las autoras latinoamericanas, están explorando más con los libros en categorías que son inclasificables”. Dos ejemplos recientes de esta nueva y celebrada ola son Mariana Enriquez, premio Herralde 2019 con Nuestra parte de noche, una novela a la vez social y fantasmagórica. Y Mónica Ojeda, finalista de la Bienal de Novela Vargas Llosa con su última novela y con un nuevo libro de relatos gótico-andinos, Las voladoras (Páginas de Espuma), a punto de publicarse en Latinoamérica.

El último libro de cuentos del autor mexicano Yuri Herrera, Diez Planetas, también combina muchos de los elementos de esta nueva ciencia-ficción latinoamericana: una preocupación por la lingüística, los efectos de la tecnología en nuestra psique o la destrucción del medio ambiente. En el cuento ‘Los últimos’, un hombre llamado Reu atraviesa el océano Atlántico, que de océano le queda muy poco. “El mar se había comido la tierra y la basura se había comido el mar’’, dice el narrador. Reu camina durante dos años para escapar de nuestro planeta, para encontrar una nave que lo lleve hasta los límites del sistema solar donde existe “un lugar habitable”. Un nuevo planeta “donde casi se podía vivir bien”. 

La ciencia ficción latinoamericana vive un renacimiento entre los autores y editoriales más reconocidos de la región

CAMILA OSORIO – DAVID MARCIAL PÉREZ

27 NOV 2020 - 00:30 CET

El País